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el no yo

susurro de hojas
con el viento-
en algún lugar un picapinos



mientras caminaba se disipaba la idea de volver. Delante, un camino que se estrechaba, una vereda, un sendero por el bosque de helechos, pinos robles… castaños… caminaba y la humedad envolvía el aire, también el color de las zarzas. al final, no era el camino, ni cada paso, tampoco lo era el color o el aire, al final, solo era caminar y sentir a uno mismo. Sentir que nos dividimos como lo hacen los surcos dejados tras años de tormentas y escorrentías. Ahora ya secos, imaginarlos llenos de vida tras alguna de las últimas lluvias. Verlos desde arriba, desde la distancia que la vista y la altura permiten. Vernos caminando. En la distancia, desde arriba, como a vista de pájaro. Intuir cada paso, como la ida y la vuelta hacia algún lugar. Estar en el camino y a la vez, no estarlo. Sentirlo y dejar de hacerlo para que sea el resto el que rellene el vacío.
Es descubrirse caminando. Y ya no importas. Lo que te rodea no importa, no es necesario, seguirá estando allí cuando te hayas ido. Seguirá cambiando cuando te hayas ido. Seguirá naciendo, bifurcándose, cuando me haya ido.

Mientras tanto, y cabizbaja, escucho el susurrar de las hojas con el viento, el crujir de la madera que ya hizo mella en decenas de pinos caidos y maltrechos, pero llenos de vida.

Procuro no rozar las zarzas, pero el color de su fruto es tan deseable… y no me resisto. Tal vez sea lo que no hace mi cuerpo, mi voluntad, mi identidad que se hizo nada, no resistiéndose, me dejé llevar.

Y dejándome llevar, comencé de nuevo el camino. Punto y final del recorrido, primer paso del siguiente… y no resistirse a salir de uno mismo, a verse desde fuera y, a la vez, saberse dentro. No temer las dudas, no hacer mucho caso de las certezas y mirar con los ojos de quien quiere derramarse, como se derrama el zumo y se extiende.
Mirar con ojos que aprecia lo ajeno, que admira lo desconocido y no teme lo que ha de ser. El ser que hay dentro de cada uno, el mismo ser que cambia, el mismo que reniega de los cambios.

Solo las estaciones lo hacen. Solo la naturaleza parece conocerlas, solo por una vez, he llegado a darme cuenta de que siendo, no estando, se es.

Y tal vez así, también las conoceré.

Ahora, la rama de un roble caido me corta el paso.







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